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  • De Palos de la Frontera al Nuevo Mundo: la epopeya de Colón y el Descubrimiento de América

    Pese a la existencia de varias teorías que afirman que el continente americano había sido descubierto antes de 1492, lo cierto es que la gesta de Cristóbal Colón y sus hombres es la única que tiene el valor de la permanencia en la memoria colectiva no ya del mundo occidental, sino de todo lo que ha venido a llamarse “planeta globalizado”.

    No obstante, antes de abordar el primer viaje de Colón, es conveniente mencionar al menos alguna de esas teorías, dado que, de algún modo, no dejan de evidenciar la importancia de la hazaña patrocinada por la Corona de Castilla.

    Así, es de reseñar que la hipótesis que mantiene que los primeros en arribar en tierra americana fueron los escandinavos (Vikingos). Otra teoría, esta vez apoyada por el mexicano Instituto de Investigaciones Antropológicas y otros colectivos científicos de la misma nacionalidad, afirma que los pioneros en viajar al continente americano fueron lo chinos, basándose para ello en el descubrimiento de ciertos astilleros del 200 años antes de Nuestra Era, en los que se construían unas embarcaciones muy parecidas a las carabelas del s. XV. Otras fuentes dicen que los Templarios, una orden militar cristiana fundada en el s. XII, fueron los primeros en llegar a América y que incluso trazaron un hipotético mapa que más tarde sería usado por Colón. Por último, hay quien que especula con la idea de que fueron los irlandeses del medievo, guiados por un sacerdote que habría tenido una visión acerca de la “tierra prometida a los santos”, quienes ostentaron la primacía en los viajes trasatlánticos.

    Sea como fuere, todos estos viajes tienen en común algo que los diferencia radicalmente del emprendido por Cristóbal Colón: que ninguno de sus participantes consiguió volver al punto de origen o, si lo hicieron, ni dejaron constancia documental ni, por supuesto, consiguieron implementar una plataforma que con el tiempo supondría la anexión de casi todo el continente.

    La aventura de Colón necesitaba de la financiación externa que, finalmente, le proporcionó la Corona de Castilla. Para conseguirla, en 1485 inició una labor que pasaba por convencer al rey portugués o a los de Castilla y Aragón de la esfericidad de la Tierra, lo que suponía que era posible alcanzar la India navegando hacia Occidente. Sin embargo, ni Portugal ni los Reyes Católicos accedieron inicialmente a ello, el primero porque se hallaba inmerso en el intento de alcanzar el subcontinente indio circunscribiendo África y los segundos porque, librando la guerra contra el Reino de Granada, carecían de fondos susceptibles de ser utilizados en viajes ultramarinos.

    La suerte de Cristóbal Colón cambió en noviembre de 1491, cuando el Reino de Granada capituló ante Castilla y Aragón y la posibilidad de encontrar vías de financiación para su proyecto se vio incrementada. Ante tal circunstancia, Colón abandonó el Monasterio de la Rábida, donde se encontraba desde octubre, para dirigirse al campamento de Santa Fe, ubicado en la vega granadina y donde se encontraban los Reyes Católicos desde el inicio del asedio a la ciudad.

    Llegó el 31 de diciembre y de inmediato se iniciaron unas conversaciones que, de momento, fracasaron porque el navegante, además de los fondos para el viaje, solicitaba unos títulos que la Corona castellana no estaba dispuesta a concederle, por lo que no tardó en emprender el viaje de regreso a Palos de la Frontera. En este punto, un alto funcionario del Reino de Castilla intercedió por Colón y se comprometió a adelantar el dinero que la Corona tendría que invertir, lo que hizo que Isabel la Católica cambiara de opinión y enviara a un emisario a llevar de vuelta al genovés.

    Con Colón de vuelta en el campamento, el 17 de abril de 1492, se firmaron las Capitulaciones de Santa Fe, por las que la Corona Castellana encomendaba a Colón la misión de descubrir y ganar tierras. Poco después, el ya nombrado Almirante y Virrey/Gobernador de los territorios que descubriese regresó a Palos de la Frontera para preparar su viaje, tal y como cuenta Bartolomé de las Casas en el prefacio del Diario de abordo.

    Para el emprendimiento del viaje se necesitaban alrededor de dos millones de maravedíes de los que la Corona aportó algo más de uno, Colón contribuyó con medio millón que había obtenido gracias a un prestamista y Palos puso el resto mediante el pertrecho de dos carabelas, algo que le había encomendado el Reino de Castilla.

    Grabado del Convento de La Rábida publicado en el Semanario Pintoresco Español en 1849.

    Aparte de las naves, Colón necesitaba hombres y Palos, pese a estar obligado a contribuir económicamente a su viaje, carecía de marineros dispuestos a navegar junto a un completo desconocido, por lo que tuvo que servirse de unas provisiones de la Corona que lo facultaban para reclutar navegantes entre los encarcelados. Esta acción, sin embargo, sólo le sirvió para conseguir a cuatro hombres.

    Ante tal fracaso, Cristóbal Colón se sirvió de los frailes del Monasterio de La Rábida para conocer a un armador de la zona, Martín Alonso Pinzón, que no tardó en emprender una campaña en favor de la empresa. Gracias a él, el proyecto colombino consiguió reclutar a los hombres que necesitaba tanto en Palos como en los municipios cercanos e incluso fuera de lo que hoy se conoce como Andalucía.

     

    Mapa de Martin Waldseemüller de 1507, el primero en incluir el topónimo «América»
    Mapa del Océano Atlántico según Toscanelli, antes del Descubrimiento de América. Como dato curioso las primeras islas que se descubrieron en el Caribe recibieron el nombre de la mítica Isla Antilia.
    Mapa de la época medieval de Bartolomeo Pareto, 1455, con la isla Antillia al oeste, un lugar ficticio basado en la leyenda de la Atlántida y otras teorías.

     

     

    En este punto, antes de continuar con la narración cronológica, se hace necesario hablar de los instrumentos de navegación que se utilizaban en la época, todo ello con el objetivo de hacer ver la dificultad de un viaje como el que se está narrando:

    1. En primer lugar, pese a ser cierto que ya existían las cartas de navegación, se hace necesario decir que Colón prescindió de ellas, simplemente, porque se dirigía hacia un territorio inexplorado para los navegantes occidentales.
    2. Por otra parte, para conocer la orientación de las naves, los marineros utilizaban el astrolabio, un instrumento que tomaba como referencia la altura de los astros en el horizonte.
    3. También era común el uso de la brújula, que servía para orientar el destino de las carabelas.
    4. En tercer lugar, es de destacar el uso del cuadrante, que era utilizado para medir la latitud en la que se encontraban los barcos.
    5. El cuarto instrumento a mencionar es el reloj de arena, que obviamente servía para estimar el tiempo de navegación. En la época los había que permitían medir distintos tiempos, desde unos pocos segundos hasta media hora, dependiendo del tamaño que tuvieran.
    6. Por último, se mencionará el escandallo, una especie de plomada que se arrojaba al mar para medir la profundidad sobre la que se navegaba.

    Así las cosas, el 3 de agosto de 1492, La Niña, La Pinta y La Santa María emprendieron el rumbo hacia las Islas Canarias, donde permanecieron pertrechándose hasta el día 6 del mes siguiente. Colón creía que Cipango (actual Japón) se encontraba a una distancia de entre 3.000 y 5.000 Km, pero la realidad es que hay 19.000 y que a unos 6.500 se encuentra el continente americano. Además, una carabela sólo podría recorrer entre 100 y 160 Km diarios, esto último en el caso de que las condiciones fueran excepcionalmente favorables.

    En consecuencia, el primero de octubre había navegado unos 5.000 km y los dos meses de viaje hacían mella tanto entre la tripulación como entre los pertrechos, que se estaban pudriendo y emitían un hedor que obligó a muchos hombres a dormir en la cubierta de las naves. Diez días después, la situación era insostenible. Así lo cuenta Bartolomé de las Casas:

    «Navegó al Oessudoeste. Anduvieron a diez millas por hora y a ratos doce y algún rato a siete, y entre día y noche cincuenta y nueve leguas. Contó a la gente cuarenta y cuatro leguas no más. Aquí la gente ya no lo podía sufrir: quejábase del largo viaje. Pero el Almirante los esforzó lo mejor que pudo, dándoles buena esperanza de los provechos que podrían haber. Y añadía que por demás era quejarse, pues que él había venido a las Indias, y que así lo había de proseguir hasta hallarlas con la ayuda de Nuestro Señor.»

    Imagen de la Santa María.

    No puede extrañar el hartazgo de la marinería, porque, aparte del deterioro de los alimentos que acaba de verse, estaba sometida a una dieta que muchos calificarían de carcelaria: una ración diaria de 1/2 libra de bizcocho o galleta (una libra son 453,592 gramos), 1/2 libra de carne salada, un cuarto de libra de legumbres secas (garbanzos, lentejas) o arroz, 1 litro de agua, 3/4 de litro de vino, 2 onzas de vinagre y 1/4 de litro de aceite. Ni que decir tiene que esa dieta era variable en función de las existencias que hubiera en las bodegas, por lo que es muy posible que para el 10 de octubre la cantidad de alimentos que obtenía cada marinero fuera aún menor.

    Muy poco después de que esta crisis se produjera, en la madrugada del 11 al 12 de octubre, un marinero que viajaba en La Pinta, Rodrigo de Triana, avistó tierra y horas después se produjo el primer encuentro entre los europeos y los nativos americanos, algo que también merece ser expresado en las palabras que Bartolomé de las Casas atribuye al propio Cristóbal Colón:

    «Yo -dice él-, porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra Santa Fe con amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor, con que hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navíos adonde nos estábamos, nadando, y nos traían papagayos e hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras cosas que nos les dábamos, como cuentecillas de vidrio y cascabeles. En fin, todo tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad. Mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vi más de una harto moza. Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vi de edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballo, y cortos: los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan. De ellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de los canarios ni negros ni blancos […]. Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No tienen algún hierro: sus azagayas son unas varas sin hierro, y algunas de ellas tienen al cabo un diente de pez, y otras de otras cosas. […] Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dicen todo lo que les decía, y creo que ligeramente se harían cristianos; que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestras Altezas para que aprendan a hablar. Ninguna bestia de ninguna manera vi, salvo papagayos, en esta isla.»

    Primer viaje de Cristóbal Colón.

    El tiempo que siga hasta el 15 de enero de 1493, tanto Colón como sus hombres se dedicaron a explorar las islas adyacentes y en una de ellas, Cuba, a la que bautizó como La Española, alzó el Fuerte de la Navidad con los restos del naufragio de la Santa María. En aquél fuerte dejó una pequeña guarnición de hombres y, el día indicado a principios de este párrafo, La Niña y La Pinta emprendieron el viaje de vuelta a la Península Ibérica.

    En el viaje de vuelta, Colón se acompañó de 10 indígenas antillanos y de algunos productos que recogió en las islas que exploró: papagayos verdes y rojos, guaizas hechas por los indios de pedrerías y huesos de pescado y elaborados cinturones de oro. La Pinta, mandada por Martín Alonso Pinzón, llegó a la Península Ibérica a finales de febrero de 1493 y Colón arribó en Lisboa el día 4 del mes siguiente, llegando a Sevilla el día 20 de marzo. Poco después se produjo, en Badalona, el encuentro entre Colón y Los Reyes Católicos y el primero comenzó a preparar su segundo viaje.

    En Adelante, la Coronas de Castilla y Portugal emprendieron la conquista de América, Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano emprendieron el viaje de la primera vuelta al mundo, del que solo volvería el segundo; La navegación transoceánica se convirtió en una realidad y el mundo occidental entró en una etapa de desarrollo que ha pasado a conocerse con el nombre de “modernidad”. En todo ello, el viaje de Cristóbal Colón fue determinante y Palos de la Frontera, por ser el municipio en el que comenzó su epopeya, tiene que ser considerado como la plataforma de lanzamiento hacia un nuevo mundo que, por encima de todo, fue fruto del encuentro entre dos civilizaciones tan distintas como la europea y las de los indios americanos. No en vano, con el objeto de poner en valor tal hazaña, el Ayuntamiento de Palos de la Frontera está llevando a cabo una restauración del puerto desde el que empezó, el Muelle de la Calzadilla, y muy pronto podrá disfrutarse casi como lo conoció Colón en aquel lejano 1492.

    Inicios de las obras de restauración del histórico Muelle de la Calzadilla.

     

     

    Texto: Miguel Ángel Collado.

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